Tuta absoluta llegó a Europa en 2006 en un cargamento de tomates y, en menos de cinco años, había conquistado el mundo. Originaria de Sudamérica, hoy está presente en más de 100 países y representa una de las amenazas más serias para el cultivo de tomate a nivel global. En Chile, Perú y gran parte de Latinoamérica, sus larvas pueden destruir una cosecha entera si no se actúa a tiempo. La clave de su éxito destructivo es simple pero difícil de combatir: sus larvas se alimentan dentro de las hojas, protegidas por galerías que las hacen casi invisibles para la mayoría de los tratamientos convencionales.
Durante años, el control químico fue la principal respuesta. Sin embargo, T. absoluta ha demostrado una notable capacidad para desarrollar resistencia frente a múltiples familias de insecticidas —piretroides, organofosforados, diamidas— a través de mutaciones en los sitios de acción y una mayor capacidad de detoxificación metabólica. El resultado es una plaga cada vez más difícil de manejar con las herramientas tradicionales.
Frente a este escenario, el control biológico emerge como una alternativa prometedora. Dentro de los agentes disponibles, los nematodos entomopatógenos de los géneros Steinernema y Heterorhabditis ocupan un lugar especial: son pequeños animales invertebrados del suelo que necesitan infectar insectos como parte de su ciclo de vida (Figura 1A), y lo hacen en simbiosis con bacterias de los géneros Xenorhabdus y Photorhabdus, respectivamente (Figura 1B). Cuando el nematodo penetra en el insecto, libera estas bacterias en su interior, desencadenando una cascada de toxinas que provoca la muerte de la larva. Luego, los nematodos se reproducen dentro del cadáver, se reasocian con las bacterias y emergen de nuevo al suelo listos para infectar nuevos hospedadores (Figura 1C).
Los ensayos realizados con aislados chilenos, en línea con reportes previos en la literatura, demostraron que estos nematodos pueden causar mortalidad significativa en larvas de T. absoluta en condiciones de laboratorio (Figura 2). Sin embargo, su eficacia en campo no siempre es constante: las galerías foliares que protegen a las larvas dificultan el contacto directo, y factores como la humedad, la temperatura o la formulación son determinantes para el éxito de su aplicación foliar. Precisamente por eso, una línea de investigación cada vez más relevante apunta no solo al nematodo como agente de control, sino a sus bacterias simbiontes: organismos capaces de producir por sí solos toxinas con alta actividad insecticida, y que podrían emplearse como bioinsecticidas independientemente del nematodo. En ensayos de laboratorio, suspensiones bacterianas y filtrados libres de células de Xenorhabdus y Photorhabdus han alcanzado mortalidades de hasta el 80% en larvas de T. absoluta, con mayor actividad frente a estadios larvarios tempranos y mediante contacto directo.
¿BACTERIAS MÁS EFICIENTES?
A partir de este punto surge una pregunta clave: ¿es posible hacer que estas bacterias sean aún más eficientes, sin recurrir a modificaciones genéticas? La estrategia explorada en el trabajo ‘Strain-dependent virulence and culture-mediated gene expression modulation of entomopathogenic nematode-associated bacteria against Tuta absoluta’ (https://doi.org/10.1016/j.biocontrol.2026.106057) fue la evolución adaptativa en laboratorio: exponer las poblaciones bacterianas durante varias generaciones a una presión de selección específica para favorecer una mayor capacidad insecticida. Se compararon dos aproximaciones (Figura 3): por un lado, bacterias extraídas de nematodos previamente expuestos a la plaga durante siete ciclos sucesivos (especialización indirecta, Figura 3A); por otro, bacterias cultivadas directamente en presencia de larvas de T. absoluta, para explorar si el contacto con señales químicas de la propia plaga estimulaba la expresión de factores de virulencia (especialización directa, Figura 3B).
Los ensayos mostraron resultados especialmente prometedores para dos cepas de origen chileno: Xenorhabdus bovienii CH4 y Photorhabdus antumapuensis UCH-936. Esta última destacó por mostrar los cambios más relevantes en la producción de toxinas, especialmente cuando fue cultivada en presencia de cadáveres de T. absoluta. Para entender este efecto, se realizó un análisis transcriptómico que reveló cambios en la expresión de genes vinculados a procesos infectivos y a la producción de proteínas insecticidas, entre ellos el gen tcbA — es decir, la bacteria ‘aprendió’ a producir más toxinas al estar en contacto con la plaga.

Larva de Tuta absoluta en hojas de planta de tomate.

Daños provocados por Tuta absoluta en el follaje de una tomatera.

Sin embargo, el salto del laboratorio al invernadero mostró una realidad más compleja. Aunque P. antumapuensis UCH-936 redujo la supervivencia de las larvas en aproximadamente un 23%, esta mejora no se tradujo en una protección equivalente frente al daño foliar al compararse con un producto comercial basado en Bacillus thuringiensis.
Este resultado, lejos de ser un fracaso, señala con precisión el próximo paso, avanzar en formulación, persistencia y modo de aplicación para que la actividad demostrada en laboratorio se mantenga en condiciones de planta.

EL PODER DE LOS NEMATODOS ENTOMOPATÓGENOS
Los hallazgos del Departamento de Sanidad Vegetal de la Universidad de Chile confirman que las bacterias simbiontes de nematodos entomopatógenos — y en particular P. antumapuensis UCH-936, una cepa nativa de Chile — tienen un potencial real como herramientas de control biológico frente a T. absoluta. También demuestran que el modo de cultivo puede modular su virulencia de forma significativa, abriendo una vía de mejora que no depende de ingeniería genética.
Pero quizás el aporte más relevante de este trabajo va más allá de las dos cepas estudiadas: sugiere que la especialización adaptativa podría ser una estrategia prometedora para mejorar la eficacia de los agentes de biocontrol existentes. Los cambios observados en el perfil transcriptómico de P. antumapuensis UCH-936 indican que las bacterias respondieron biológicamente a la presión de selección ejercida por la plaga — activando genes vinculados a la producción de toxinas — aunque ese cambio no se tradujo en una mejora clara de la mortalidad larvaria ni en laboratorio ni en condiciones de invernadero. Esto no invalida el enfoque, señala que la especialización ocurrió a nivel molecular y que el desafío siguiente es entender qué condiciones adicionales son necesarias para que esa señal biológica se convierta en mayor eficacia insecticida. En lugar de buscar nuevos microorganismos, esta lógica propone sacar más partido de los que ya conocemos, y los resultados obtenidos ofrecen una base inicial, todavía incompleta, para seguir explorándola.
Convertir este potencial en un producto comercial requerirá avanzar en varios frentes. El primero es la formulación: encontrar el soporte adecuado para estabilizar las bacterias o sus toxinas en condiciones de almacenamiento y aplicación foliar, donde la exposición a UV, la desecación y la temperatura son factores críticos. El segundo es el modo de aplicación: optimizar el momento, la concentración y la frecuencia de tratamiento para maximizar el contacto con las larvas dentro de las galerías. El tercero, a más largo plazo, es el escalado y el registro, un proceso exigente pero necesario para que estas soluciones lleguen al agricultor. El camino es largo, pero los resultados registrados ofrecen una base inicial y preguntas concretas que orientan el siguiente paso. 🌿

Agradecimientos de la investigación
I.V-D. ha recibido financiación de las Acciones Marie Skłodowska-Curie (MSCA), en el marco del programa de investigación e innovación Horizon Europe, bajo el acuerdo de subvención n.º 101203791, correspondiente al proyecto PhotorActVine. Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son exclusivamente responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Investigación. Ni la Unión Europea ni la autoridad financiadora pueden ser consideradas responsables de ellos.


