Andrés Arias, ingeniero agrónomo, magíster en suelos y aguas, cofundador y director de Manejo de Suelo Regenerativo SpA plantea que la incorporación de la variable biológica/orgánica en el enfoque edáfico no debe conducir a descuidar los factores químicos y físicos.
–Nosotros peleamos por que no se apliquen recetas a ciegas –dice–: no en todas las situaciones va a funcionar todo igual; al contrario, en la mayoría de los casos suceden cosas diferentes. Chile, por ejemplo, tiene todos los órdenes de suelos menos uno, lo que se traduce en una variabilidad gigantesca. Así, la realidad de un cultivo como la de uva de mesa en las zonas del norte de Chile (Ovalle o San Felipe) y del centro o centro-sur, (Santiago o San Vicente de Tagua Tagua), resulta enormemente distinta.
Para ilustrar esta situación, pone el caso del magnesio: se ha observado una tendencia a presentar dificultades para tomarlo en nuevas variedades de uva de mesa injertadas sobre ciertos patrones.
–Primero hay que ver si el suelo contiene la cantidad de Mg suficiente –señala–, de lo contrario hacer el aporte requerido. Después e elige el fertilizante: soluble, como el nitrato de magnesio y el sulfato de magnesio, o mineral, como la estruvita y la kieserita. Si se opta por esta última, luego se regula el pH del agua y se agregan elementos de ayuda a la toma del nutriente en caso de ser necesario, como puede ser un ácido fúlvico, dependiendo de las condiciones.
LA DOSIS HACE AL VENENO
¿Por qué dependiendo de las condiciones? Porque en la zona de Ovalle el agua suele contener alto nivel de salinidad. En tales circunstancias, los ácidos fúlvicos podrían exacerbar la absorción de sales negativas, por lo que sería conveniente utilizar una fuente distinta.
El ácido fúlvico, continúa el especialista, es un gran instrumento para potenciar la toma de nutrientes. Sin embargo, en un suelo con exceso de algún elemento eventualmente tóxico para la planta, como el cobre en ciertos sectores de la región de O’Higgins, si se utilizan grandes cantidades de ácido fúlvico, se corre el riesgo de intoxicar a la planta con cobre, lo cual ya ha ocurrido en algunos campos. “La dosis hace al veneno”, sentencia.
No son infrecuentes las aplicaciones excesivas de bioinsumos (de forma aparecida a lo que se hace con agroquímicos), originadas en la filosofía de “mejor pasarse que quedarse cortos”.
–En Perú nos ha tocado ver intoxicaciones con amonio. “Yo no aplico amonio”, nos dicen. Claro, pero están aplicando 100 metros cúbicos de materia orgánica por hectárea, de donde proviene el amonio. No digo que no se necesite amonio, es que no se dan cuenta de cuánto están aportando.
NUNCA PERDER DE VISTA EL SENTIDO DE LA ANALÍTICA
El especialista remarca que un “suelo vivo” se compone de muchos tipos de microorganismos, los cuales se alimentan de distintos alimentos, de fuentes carbonatadas de cadenas cortas, medianas y largas.
–Entonces si solamente aplico melaza o un ácido carboxílico todo el tiempo, estoy beneficiando a cierto grupo de microorganismos. Incluso puedo generar desequilibrios indeseables en el suelo. Tenemos que aplicar estrategias de manejo para potenciar el microbioma del suelo en su totalidad.
Lo anterior no significa recurrir a los estudios o análisis más complejos, indica Arias, y da algunas recomendaciones de por dónde comenzar:
–En el tema físico, densidad aparente (siempre que sea bien medida), compactación, estabilidad de agregados, como primeras mediciones. En lo biológico, respiración del suelo, masa microbiana, conteo de lombrices, todas son metodologías válidas que entregan respuestas rápidas y con una buena información. Nosotros también hacemos metagenómica, pero no empezamos por esa prueba, que vale 300 o 400 dólares, sino por aquellas que cuestan 10 o 15 dólares y responden varias preguntas. Y siempre hay que tener claro el sentido de todas estas analíticas, que no es otro que identificar el problema limitante de cada suelo.


