El ácido glutámico, la glicina betaina y los polifenoles en acción

Cuando la planta no puede sola están los bioestimulantes de segunda generación

21 de agosto de 2025

El Dr. Prometeo Sánchez, consultor internacional en nutrición y bioestimulación de cultivos hortofrutícolas

En América Latina Perú reúne condiciones únicas —radiación extrema, veranos intensos y eventos como El Niño— que lo han convertido en un laboratorio natural para validar nuevas tecnologías agrícolas. En ese contexto, los bioestimulantes de segunda generación han dejado de ser una promesa y se van consolidando como herramientas de manejo indispensables para sostener la calidad y productividad de cultivos de exportación. Así lo destaca el Dr. Prometeo Sánchez, que será uno de los ‘speakers’ en el 5° Congreso Bioestimulantes Latam & Redagrícola Biocontrol.

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El clima es una variable que define el éxito o el fracaso de las campañas agrícolas. Sequías, olas de calor, radiación extrema o muy baja humedad relativa están alterando la fisiología de los cultivos. “Cuando una planta se estresa, pierde productividad, se enferma más y entrega fruta de menor calidad organoléptica y nutritiva”, explica el Dr. Prometeo Sánchez, consultor internacional en nutrición y bioestimulación de cultivos hortofrutícolas, que será uno de los ‘speakers’ en el 5° Congreso Bioestimulantes Latam & Redagrícola Biocontrol. En este contexto, los bioestimulantes han dejado de ser una opción marginal para convertirse en herramientas estratégicas de manejo. Su misión: ayudar a la planta cuando, literalmente, ya no puede sola.

Los primeros bioestimulantes eran multifuncionales: extractos de algas marinas y cocteles de aminoácidos que contenían una amplia gama de compuestos capaces de actuar sobre distintos tipos de estrés. Estos productos todavía se utilizan, pero con el tiempo la industria aprendió a seleccionar moléculas específicas, diseñadas para un solo objetivo. Esa evolución dio lugar a la llamada segunda generación de bioestimulantes: moléculas simples como el ácido glutámico, la glicina betaina o los polifenoles.

“Son compuestos que la misma planta produce de manera natural, pero en condiciones de estrés deja de sintetizarlos. Lo que hace la industria es ponerlos a disposición de la planta en el momento en que más los necesita”, resume Sánchez.

Tres moléculas, tres respuestas

La segunda generación de bioestimulantes ha permitido pasar de soluciones generales a herramientas de precisión, enfocadas en un tipo específico de estrés. Cada molécula cumple un papel definido y responde a mecanismos fisiológicos distintos en la planta.

En el caso del ácido glutámico, se trata de un aminoácido que actúa como precursor de otros compuestos esenciales y que facilita la asimilación del nitrógeno. Su aplicación resulta clave frente a choques térmicos y altas temperaturas, donde la planta tiende a perder eficiencia fotosintética y a reducir su metabolismo. Al mejorar la asimilación de nutrientes y mantener activa la maquinaria fisiológica, ayuda a mitigar pérdidas de productividad en momentos críticos del verano o frente a heladas leves.

Por su parte, los polifenoles cumplen un rol diferente. Estos compuestos antioxidantes son especialmente útiles en situaciones de estrés oxidativo, cuando la planta cierra estomas para evitar la deshidratación y comienza a acumular radicales libres que dañan las células. “Lo que hacen los polifenoles es favorecer una apertura parcial de los estomas, permitiendo que la planta siga transpirando y mantenga activa la fotosíntesis”, detalla el Dr. Prometeo Sánchez. En la práctica, se traducen en plantas menos debilitadas y con mayor capacidad de recuperación tras eventos de calor intenso o humedad relativa muy baja.

La glicina betaina representa la tercera respuesta. Originalmente se utilizaba para suelos con alta salinidad, ya que ayudaba a las plantas a manejar el estrés osmótico generado por exceso de sales. Sin embargo, en los últimos años su uso se ha extendido al manejo del estrés hídrico y climático. Esta molécula actúa como un osmoprotector, permitiendo que la planta conserve agua y mantenga su capacidad de transpiración aún bajo condiciones extremas, como sequías prolongadas o altas temperaturas.

Estos productos pueden considerarse como antiestresantes, desestresantes y posestrés, según el momento en que se aplican. Los antiestresantes —como el ácido glutámico— preparan a la planta antes del evento; los desestresantes actúan durante el episodio de calor, frío o radiación; y los posestrés ayudan a la recuperación después de que el daño ya se produjo. “Lo interesante es que muchas veces su efecto no se nota en condiciones normales, pero en el momento del estrés la planta se activa y se defiende”, enfatiza el investigador.

En conjunto, esta tríada de moléculas se ha consolidado como una de las principales herramientas para sostener la productividad agrícola en contextos donde el clima se ha vuelto impredecible y cada campaña es un examen de resistencia.

Perú, un banco de pruebas para la bioestimulación

La costa peruana reúne condiciones climáticas muchas veces extremas, pues exista alta radiación solar, humedad relativa muy baja en verano y eventos como El Niño que alteran por completo el equilibrio de los cultivos. Por lo tanto, estas características han convertido al país en un escenario para el desarrollo de diferentes usos de los bioestimulantes.

“En Perú vemos que la uva, el palto y el arándano se han vuelto los cultivos más dinámicos en la adopción de estas tecnologías. El nivel de exigencia de los mercados internacionales ha obligado a perfeccionar cada detalle del manejo”, indica Sánchez. En regiones como Piura, donde el estrés combinado de calor, baja humedad y radiación desgasta rápidamente a las plantas, los bioestimulantes de segunda generación han demostrado ser esenciales para mantener la productividad a lo largo de los años.

El arándano, antes asociado a climas fríos, se instaló en el Perú como un boom productivo marcado por el desafío constante del estrés climático.

El reto de combinar estrategias

La experiencia en campo ha demostrado que los bioestimulantes de segunda generación funcionan, pero cuando los factores de estrés aparecen de manera simultánea es necesario ir combinando estrategias. En condiciones reales, el calor, la radiación y la baja humedad relativa suelen actuar en conjunto, debilitando progresivamente a la planta.

“Si el problema es radiación, no sirve solo aplicar glicina betaina o ácido glutámico, necesitamos sumar un bloqueador solar como el silicio. El futuro está en diseñar combinaciones inteligentes de moléculas y prácticas”, subraya el Dr. Sánchez.

La lógica es clara: mientras el ácido glutámico ayuda a la planta a tolerar el golpe de calor, y la glicina betaina le permite seguir transpirando bajo estrés hídrico, ninguno de ellos puede contrarrestar directamente los efectos de una radiación solar extrema. Ahí es donde entran otras herramientas complementarias, que actúa como protector físico y fisiológico, reduciendo la incidencia de la radiación en los tejidos.

El especialista plantea que el manejo del estrés climático debería evolucionar hacia programas integrados, en los que se combinen distintos compuestos según las condiciones de cada región y cada época del año. “Ya pasamos la etapa de evaluar productos de manera aislada. Sabemos que funcionan, pero cuando los factores de estrés se acumulan, la respuesta es mínima. Solo al combinarlos se puede obtener un efecto real en la productividad y calidad de la fruta”, afirma.

Por lo indicado, la tendencia apunta a protocolos flexibles, ajustables según la intensidad del estrés en cada campaña. En años de menor severidad climática, bastará con aplicaciones preventivas espaciadas; pero en temporadas críticas, como ocurrió en 2024 con El Niño, será necesario intensificar los programas con mayor frecuencia y combinaciones más robustas de moléculas.

Una tercera generación en el horizonte

El 2024 fue un año de lecciones duras en el norte peruano, donde el Fenómeno de El Niño dejó temperaturas récord y severas pérdidas. Para Sánchez, esa experiencia refuerza la necesidad de programas de manejo dinámicos, ajustados año a año según las condiciones. “Ya sabemos que funcionan. Ahora el reto es definir dosis, frecuencias y combinaciones adaptadas a cada cultivo y región. Perú nos está mostrando que no hay recetas generales”, señala.

El investigador es optimista: “Hoy hablamos de segunda generación, pero ya viene una tercera. Lo importante es que productores, técnicos e industria están entendiendo que la bioestimulación no reemplaza, sino complementa el manejo agronómico, y que frente al cambio climático será una herramienta indispensable”, sostuvo.

El costo de bioestimular

La gran interrogante es hasta qué punto la inversión en bioestimulación asegura un retorno económico. En campañas con estrés severo, como ocurrió en Perú durante El Niño 2024, los productores que apostaron por estas tecnologías enfrentaron resultados muy dispares: en algunos casos lograron sostener la producción y calidad de exportación, pero en otros la magnitud del fenómeno superó cualquier estrategia de manejo.

Según el Dr. Prometeo Sánchez, todavía falta generar más información local que permita diseñar programas de manejo costo-eficientes, ajustados a cada zona y a la severidad del clima de cada campaña con miras a equilibrar el aspecto fisiológico con la rentabilidad económica.

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Biologicals Latam es una revista digital trimestral de Redagrícola que informa de manera especializada sobre la intensa actividad que se está desarrollando en el espacio de los bioinsumos para la producción agrícola. Esta publicación en español e inglés es complemento del Curso Online de Bioestimulantes y Biocontrol y las conferencias que este grupo de medios realiza en torno al tema.