En la costa de Puerto San Julián, en la provincia argentina de Santa Cruz, avanza una experiencia que empieza a conectar el mar patagónico con la agricultura. Allí, la Fundación Por El Mar impulsa una granja submarina de Macrocystis pyrifera, conocida localmente como cachichuyo, un alga nativa que forma extensos bosques submarinos y que hoy es investigada por su potencial como materia prima para bioinsumos agrícolas.
La macrocystis puede alcanzar hasta 60 metros de longitud y cumple un rol ecológico clave en las aguas frías de la Patagonia. Sus bosques submarinos sirven como refugio, zona de reproducción y hábitat para diversas especies marinas, entre ellas centollas, calamares y algunos tipos de tiburón. Además, como otros grandes sistemas vegetales, contribuye a la captura de carbono, por lo que su conservación también está asociada a la mitigación del cambio climático.
A nivel global, los bosques de macrocystis han retrocedido en las últimas décadas, principalmente por el aumento de la temperatura de los océanos. Sin embargo, los bosques argentinos se mantienen en buen estado. Esa condición abre una oportunidad, pero también plantea un desafío: desarrollar usos productivos sin intervenir ni degradar las poblaciones naturales.

Jonathan Behm nació en una familia de pescadores. Abandonó ese oficio para trabajar en una mina de oro y plata y volvió al mar de la mano del cultivo de algas. Foto: Ailín Peirone / Fundación Por El Mar
Cultivar algas sin presionar el bosque marino
La experiencia se desarrolla en la bahía de San Julián, una zona elegida por sus condiciones particulares. Aunque la marea puede variar entre seis y doce metros en un mismo día, la bahía atenúa la fuerza de las corrientes del mar patagónico, lo que permite instalar estructuras de cultivo cerca de la costa.
El proyecto no consiste en extraer algas de los bosques naturales, sino en sembrarlas y cultivarlas en una granja marina. De esta manera, la fundación puede realizar ensayos productivos sin alterar la presencia de los ecosistemas existentes.
“Lo que nos propusimos es hacer un proyecto que tenga al alga nativa de nuestras costas como protagonista, y que sea productivo y sustentable, sin dejar de lado la conservación de la especie”, explica Mariano Bertinat, ingeniero especializado en recursos naturales renovables y coordinador de la Fundación Por El Mar en Santa Cruz.
La primera cosecha experimental ya se realizó en Puerto San Julián. A partir de ese material, el equipo evalúa dos líneas de aplicación con interés para el sector agropecuario: la obtención de un extracto líquido con función bioestimulante para cultivos y la elaboración de pellets como alimento concentrado para ganado.

Las algas macrocystis en la etapa de criadero. Van al mar alojadas en un hilo montado sobre un tubo de PVC, y en el agua sobrevive entre el 1% y el 2% de los ejemplares. Foto: Ailín Peirone / Fundación Por El Mar
Bioestimulantes para suelos bajo estrés
Una de las líneas de investigación más relevantes para la agricultura es el desarrollo de un extracto líquido a partir de macrocystis. Según Bertinat, este producto no actuaría como un fertilizante convencional, ya que no aportaría directamente un nutriente específico, sino que podría contribuir a mejorar la respuesta del suelo y potenciar los elementos ya disponibles.
El interés no es menor en una provincia como Santa Cruz, una de las zonas argentinas más afectadas por procesos de desertificación. En ese contexto, los bioestimulantes de origen natural aparecen como una alternativa para acompañar estrategias de recuperación y manejo de suelos, especialmente en ambientes limitantes.
Aunque la investigación aún se encuentra en etapa experimental, el proyecto se alinea con una tendencia creciente: el uso de insumos biológicos, extractos vegetales y soluciones de origen marino para mejorar la tolerancia de los cultivos frente a condiciones de estrés.
Una alternativa para la ganadería ovina
La segunda línea de trabajo apunta a la ganadería. En Santa Cruz, la actividad ovina es predominante, pero las condiciones climáticas y la disponibilidad de pasturas generan limitaciones productivas. Por ello, la fundación evalúa el uso de macrocystis cultivada como materia prima para la elaboración de pellets destinados a la alimentación animal.
La propuesta aún está en fase de prueba, pero podría convertirse en un complemento interesante para sistemas ganaderos que enfrentan restricciones de forraje, especialmente en períodos críticos. Además, permitiría sumar valor a una biomasa marina nativa mediante un esquema controlado de cultivo.
Del laboratorio al mar
El proceso de producción combina trabajo científico y manejo artesanal. Milagros Schiebelbein, bióloga a cargo del laboratorio de la fundación, supervisa la reproducción de las algas. El ciclo comienza con la recolección de láminas reproductivas, que luego son tratadas bajo condiciones controladas de humedad, luz y pH.
En el laboratorio se desarrollan las primeras etapas de crecimiento. Las pequeñas algas, casi imperceptibles a simple vista, son alojadas en hilos que posteriormente se trasladan al mar. Desde la recolección del material reproductivo hasta el retorno de las “algas bebés” al ambiente marino pueden pasar alrededor de cuarenta días.
Una vez instaladas en el agua, la supervivencia es baja: entre el 1% y el 2% de los ejemplares logra prosperar. Sin embargo, algunas plantas han mostrado tasas de crecimiento aceleradas, alcanzando hasta diez centímetros en una semana. Los ejemplares más desarrollados del proyecto llegaron a medir cerca de cinco metros.
Empleo local y reconversión productiva
El proyecto también tiene una dimensión social. Jonathan Behm, nacido en San Julián y proveniente de una familia de pescadores, está a cargo de la operación y mantenimiento de la granja marina. Tras haber dejado la pesca para trabajar en minería, encontró en el cultivo de algas una forma distinta de volver al mar.
Su labor consiste en revisar las estructuras instaladas en el agua, controlar el crecimiento de las algas y participar en las cosechas experimentales. Para él, la iniciativa puede representar una nueva salida laboral para la población local, especialmente en una zona donde la minería tiene un peso importante, pero no necesariamente permanente.
“Aprender a gestionar una granja de cultivo hace que el trabajo en el mar dependa menos de la suerte de cada día”, señala Behm.
La posibilidad de generar empleo local es uno de los componentes centrales del proyecto. La fundación busca que el cultivo de macrocystis pueda convertirse, en el futuro, en una actividad complementaria para comunidades costeras, siempre bajo criterios de manejo sustentable.

Un país costero que empieza a mirar al mar
La iniciativa también busca promover un cambio cultural. Aunque Argentina cuenta con una extensa costa atlántica, el vínculo productivo con el mar aún es limitado en muchas localidades. En San Julián, por ejemplo, pese a su identidad costera, la pesca ha perdido espacio en la vida cotidiana.
Para Noel Miranda, comunicadora ambiental y referente local de la Fundación Por El Mar, el desafío es construir una mirada distinta sobre el mar: no solo como paisaje o recurso extractivo, sino como un sistema productivo que debe ser manejado con conocimiento y responsabilidad.
La fundación trabaja con instituciones educativas y comunidades locales para difundir el valor ecológico de la macrocystis y explicar el funcionamiento de las granjas submarinas. La educación ambiental forma parte de la estrategia, porque la viabilidad de este tipo de proyectos depende también de que las comunidades comprendan qué se cultiva, para qué y bajo qué límites.
Potencial en expansión
Además de los usos agrícolas y ganaderos, la macrocystis también despierta interés en otras áreas. Investigadores del Conicet en Bahía Blanca han recibido muestras para estudiar posibles aplicaciones en parches destinados a la cicatrización de la piel y el tratamiento de quemaduras. También se exploran usos alimentarios, aunque en Argentina el consumo de algas aún es reducido.
Por ahora, el proyecto sigue en etapa de investigación y validación. Sin embargo, su valor está en abrir una ruta productiva basada en una especie nativa, con potencial para aportar a la agricultura desde el desarrollo de bioinsumos, además de generar nuevas alternativas para la ganadería, el empleo local y la investigación científica.


