Un estudio liderado por Embrapa Recursos Genéticos y Biotecnología identificó 27 nuevos registros de especies de abejas asociadas a cultivos de soja en Brasil. Los ejemplares forman parte de las 40 especies encontradas en campos de Rio Verde y Montividiu, en el suroeste del estado de Goiás, y hasta ahora no habían sido mencionadas en la literatura científica vinculada a este cultivo.
El estudio, titulado “The use of bioinputs and native vegetation fragments are associated with greater bee community evenness in large-scale soybean crops”, fue publicado en Journal of Applied Entomology y analizó cómo la vegetación nativa cercana y las distintas prácticas de manejo agrícola influyen sobre la riqueza, abundancia y composición de las comunidades de abejas presentes en sistemas de producción de soja a gran escala. En total se recolectaron 599 ejemplares y, considerando tanto los cultivos como las áreas de vegetación nativa vecinas, fueron identificadas 53 especies pertenecientes a cinco familias: Apidae, Andrenidae, Megachilidae, Colletidae y Halictidae.
Los resultados adquieren especial relevancia en un cultivo que, aunque es principalmente autopolinizante, también puede beneficiarse de la actividad de abejas silvestres y manejadas. Investigaciones anteriores citadas en torno al estudio han asociado su presencia en los cultivos con aumentos promedio cercanos al 7% en el peso de los granos de soja.
NO BASTA CON CONTAR CUÁNTAS ABEJAS HAY
Uno de los resultados del trabajo apunta precisamente a la forma en que se evalúa la biodiversidad dentro de los sistemas agrícolas, dado que los investigadores no encontraron diferencias significativas en la riqueza de especies entre los cultivos de soja y la vegetación nativa estudiada, sin embargo sí observaron cambios en la composición de esas comunidades.
En las áreas de soja predominaron las abejas de la familia Halictidae, particularmente especies del género Dialictus, mientras que Ceratina (Crewella) duplocarinata, de la familia Apidae, fue la especie más abundante en la vegetación nativa. Esta es una diferencia que podría ayudar a explicar por qué observar únicamente la cantidad de individuos o de especies presentes puede entregar una imagen incompleta de lo que ocurre en ambientes sometidos a una alta perturbación.
Carmen Pires, la investigadora de Embrapa Recursos Genéticos y Biotecnología, explica que en las propiedades con un manejo químico más intensivo se observó una reducción en la uniformidad de las comunidades de abejas. Este indicador permite observar qué tan equilibrada es la distribución de individuos entre las distintas especies presentes.
“En una zona fuertemente fumigada con productos químicos, un recuento rápido puede mostrar una gran cantidad de insectos, pero casi todos pertenecen a una sola especie resistente. En la práctica, el cultivo se convierte en un ‘desierto de biodiversidad’, vulnerable y dependiente de constantes intervenciones artificiales”, explica Pires.
EL MANEJO TAMBIÉN CAMBIA LA COMUNIDAD
El estudio comparó campos con diferentes frecuencias y tipos de aplicaciones de pesticidas y fertilizantes. Los resultados mostraron que un mayor uso de fungicidas e insecticidas estuvo asociado a una menor uniformidad de las comunidades de abejas, con unas pocas especies tolerantes adquiriendo mayor predominancia.
En cambio, en predios que incorporaban insumos biológicos —como bacterias y hongos utilizados para control biológico de plagas y fertilización del suelo— y presentaban una menor dependencia de productos químicos altamente tóxicos, las comunidades mostraron una distribución más equilibrada entre las especies.
Las características de las propias abejas encontradas entregan otra pista sobre la importancia del manejo del campo. Aproximadamente el 60% de las especies identificadas en el suroeste de Goiás construyen sus nidos directamente en el suelo. Por ello, prácticas que disminuyen su alteración y mantienen los residuos de los cultivos pueden contribuir a conservar esos sitios de nidificación dentro de las propias áreas productivas.
“Sin tractores que destruyan sus refugios y sin venenos que penetren en el suelo, estas abejas pueden sobrevivir de una cosecha a la siguiente, listas para polinizar la próxima floración”, afirma Pires.
A esto se suma que el 44,7% de las especies recolectadas presenta hábitos solitarios. A diferencia de las abejas sociales, que forman colonias y algunas pueden manejarse en cajas para polinización asistida, estas especies dependen directamente de las condiciones que encuentran en el ambiente para establecer sus nidos y completar su ciclo.
EL CERRADO COMO REFUGIO
El manejo dentro del cultivo, sin embargo, es solo una parte de la ecuación. La distancia respecto de la vegetación nativa del Cerrado también mostró una relación clara con las comunidades de polinizadores: a medida que aumentaba la distancia desde los cultivos hacia los bordes de vegetación nativa, disminuían la abundancia y riqueza de abejas nativas encontradas en la soja.
Ese efecto no se observó en Apis mellifera, cuya abundancia no estuvo relacionada con la distancia respecto de la vegetación nativa.
Los fragmentos conservados cumplen distintas funciones para las especies silvestres. Además de entregar alimento durante los períodos en que la soja no se encuentra en floración, proporcionan refugio y lugares para nidificar. Entre las especies identificadas, un 18% utiliza cavidades como troncos huecos y árboles caídos para construir sus nidos.
De esta manera, la vegetación nativa funciona también como un espacio desde el cual las abejas pueden desplazarse hacia las áreas agrícolas durante la floración de la soja.
PRODUCCIÓN Y CONSERVACIÓN EN UN MISMO PAISAJE
Los resultados muestran que la presencia de abejas en los cultivos no depende de un único factor. Tanto la configuración del paisaje como la intensidad del manejo agrícola influyen sobre las comunidades que logran mantenerse en los sistemas de producción de soja.
Esto cobra especial importancia en el Cerrado brasileño, donde la rápida expansión del cultivo ha generado preocupación por la pérdida de polinizadores y de los servicios ecosistémicos que estos proporcionan.
Aunque la soja puede autopolinizarse, distintos estudios han mostrado que la participación de abejas silvestres y manejadas puede contribuir a mejorar su rendimiento. En ese contexto, los investigadores plantean que conservar vegetación nativa próxima a los campos y reducir la dependencia de insumos químicos son medidas relevantes para sostener comunidades diversas de abejas y los servicios de polinización que prestan en sistemas de producción a gran escala.


